Suplemento 6

SUPLEMENTO

nº 6

LOS DOCE GRADOS DE LA HUMILDAD

Santo Tomás nos enseña que el fundamento de la humildad es la reverencia hacia Dios. Es por eso que San Agustín une la humildad al don de temor por el cual el hombre honra a Dios. La humildad nos hace sujetarnos a Dios. Por lo tanto está radicalmente opuesta al liberalismo que quiere estar libre de toda atadura, como si someterse a Dios fuera un mal, siendo que es no solamente la única actitud razonable de la criatura sino también el único medio de ser elevado por Dios al fin último por el cual nos ha creado.

Pero veamos lo que dice san Benito, menos especulativo que Santo Tomás y San Agustín, pero eminentemente práctico en la aplicación de los mismos principios enunciados por Santo Tomás y San Agustín.

Educar y elevar son sinónimos. San Benito se propuso elevar a los monjes, adultos o niños, que se presentaban a la puerta del monasterio. ¿Cómo lo hizo? Les repetía esta frase del Evangelio: “Quien se exalta será humillado y quien se humilla será exaltado” (Luc. XVI, 11) e hizo preceder esta cita por estas simples y comprometedoras palabras: “La divina Escritura, hermanos míos, nos hace escuchar este grito:” San Benito quiso atraer nuestra atención sobre este punto decisivo de toda educación. Hay que hacerse pequeño si queremos que el buen Dios se encargue de nosotros y nos haga grandes por la participación en su naturaleza divina.

San Benito enuncia en seguida doce grados por los cuales se llega a la perfección tanto de la humildad como de la caridad, porque ser exaltado en el texto de la Escritura no quiere decir otra cosa que ser santificado en esta vida y glorificado en la otra, y esto se hace esencialmente por la caridad que es la vida divina en nosotros.

San Benito comenzará por el interior para terminar por el mantenimiento exterior del monje. Lo que dice a los monjes se aplica a todo hombre, pues lo que quiere San Benito no es otra cosa que formar buenos cristianos.

San Francisco de Sales está perfectamente de acuerdo con esta manera de proceder de San Benito. Esto es lo que dice: “Jamás pude aprobar el método de aquellos que, para reformar al hombre comienzan por el exterior, por las continencias, por los hábitos, por los cabellos. Por el contrario, me parece que hay que comenzar por el interior, pues quien tenga a Jesucristo en su corazón, pronto tendrá todas las acciones exteriores”.

Hemos hablado suficientemente de la humildad y del método de educación de San Benito para comenzar a estudiar los doce grados propuesto por el patriarca de los monjes de Occidente.

Una última frase, esta vez de San Bernardo, nos pondrá todavía más en el buen camino. San Bernardo definió la humildad como la virtud que nos hace despreciarnos como consecuencia de un verdadero conocimiento de nosotros mismos. Estamos entonces en el camino de la verdad. La humildad es la verdad, decía Santa Teresa de Ávila.

Comencemos entonces nuestro estudio. Tomemos el sumario del capítulo de la humildad hecho por el Padre Emmanuel du Mesnil de Saint Loup:

  1. Tener continuamente ante los ojos el temor de Dios, y por consecuencia, estar en guardia contra todos los pecados, y notablemente contra la propia voluntad ;

  2. Renunciar a sus propios deseos por consecuencia del renunciamiento a la voluntad propia;

  3. Someterse en completa obediencia a su superior por el amor de Dios;

  4. Aceptar en paz las órdenes difíciles, incluso los malos tratos y las injurias ;

  5. Descubrir al superior incluso los pensamientos malos que vengan al espíritu;

  6. Contentarse con lo que hay más vil y más abyecto ;

  7. Mirarse desde el fondo del corazón como el último de todos;

  8. Seguir simplemente la regla común y huir de toda singularidad;

  9. Guardar silencio hasta ser interrogado;

  10. No ser rápido para reír;

  11. Hablar dulcemente, gravemente, en pocas palabras muy razonables;

  12. Llevar la humildad en su corazón y en todo su exterior, bajando los ojos, como un criminal que se mira como estando en el punto de ser llamado al tribunal terrible de Dios.

He aquí el resumen que nos da el Padre Emmanuel. Todo resumen estrecha un poco el pensamiento de un autor, pero el resumen tiene la ventaja de poner ante nuestros ojos una vista de conjunto del tema tratado. Nosotros vemos allí que en efecto, san Benito comienza por el interior para terminar por el mantenimiento exterior. Él comienza por la presencia de Dios para terminar también en esta misma presencia. Por principio, el efecto de esta presencia en el interior del alma es el temor. El temor puede ser servil o filial. Ambos hacen que el hombre se someta a Dios, pero solamente la segunda entra con él al cielo. Al final agrega que el cuerpo también debe estar lleno de este mismo temor, que es la reverencia hacia Dios.

La tabla no estaría completa si san Benito hubiera olvidado hablar explícitamente de la caridad que sigue paso a paso todos los grados de humildad o, por lo menos, se une al monje durante su camino. Es ella la que anima al monje y anima a todo cristiano en esta ascensión hacia el Dios de toda bondad. Escuchemos a san Benito hablarnos de esta caridad cuando el monje llega a la cumbre de los doce grados de la humildad:

«El monje, habiendo subido todos estos grados de humildad, alcanzará pronto esta caridad de Dios, la cual siendo perfecta, expulsa fuera el temor y hace que todo lo que observó anteriormente con un sentimiento de terror, lo comience a mirar sin ninguna pena, como naturalmente y por una costumbre contraída; ya no por terror al infierno, sino por amor a Cristo, por el feliz uso y el atractivo propio de las virtudes que el Señor se digne hacer aparecer en su servidor purificado de sus vicios y sus pecados.»

El liberalismo no conoce el temor, por lo que tampoco conoce la caridad. El liberalismo echa fuera el temor pero también la caridad. El liberalismo atrae porque parece que llegó al final de la escalera pero, en realidad, no puso el pie ni en el primer peldaño. El catolicismo, al contrario, sabe tener la faz antipática de verdadera bondad, según la expresión de un ilustre escritor. Antipática al pecado, pero sonriente a la virtud. Solamente el catolicismo sabe unir severidad y bondad, humildad y magnanimidad, para llegar a esta caridad que expulsa el temor servil para dejar solo el temor reverencial, completamente penetrada de santa intimidad entre el alma y su Creador y Salvador.

En un próximo boletín, si el Buen Dios nos da la gracia, retomaremos sea cada uno de los grados o algunos de ellos para profundizar el pensamiento de San Benito que formó miles de santos, monjes y laicos y formó a la Europa católica, faro del mundo entero pues la sede de la Iglesia Romana canonizó a San Benito y a su santa Regla.

Para dar una probada de lo que los ilustres comentadores han escrito sobre cada uno de estos grados, escuchemos a Dom Etienne Salasc que comenta el onceavo grado diciendo:

Le corresponde al monje que ha entrado ostensiblemente en la milicia de Cristo, imitar a Jesucristo en su lenguaje lleno de dulzura, exento de risas inconvenientes, siempre humilde y serio, sobrio, razonable, nunca ruidoso, sazonado sin cesar con la sal de la sabiduría. Ante estas estas formas de corrección tan perfecta y atractiva, el deseo de imitación se impone con tanto más encanto que se reconoce en estos buenos efectos de la humildad, los caracteres de una civilidad exquisita y de una educación consumada. Es de la humildad como de la verdadera piedad, es útil a todo, con sus promesas de la vida presente y de la vida futura. El perfecto cristiano no le cede en nada al perfecto gentilhombre.»

Y sobre el segundo grado que parecería excluir toda alegría en el claustro, he aquí el sabio comentario del mismo autor, Dom Etienne Salasc, monje cisterciense:

« La risa es una necesidad natural que depende mucho de la diversidad de los temperamentos más o menos sensibles a las causas que la excitan. Sería absurdo querer prohibirla radicalmente. Esta no es la condición hecha a la humildad, ni el pensamiento de Nuestro Padre San Benito. Más bien, la risa es a veces un descanso necesario.»

En realidad, lo que quiere San Benito con el décimo grado de humildad, es que el monje (y esto vale para todo cristiano), sepa excluir las bromas y bufonerías incompatibles con “la inexplicable seriedad de la vida cristiana”.

Recomendamos a todos aquellos que quieren profundizar estas lecciones de humildad, el excelente libro del Padre G. A. Simon “La Regla de San Benito Comentada para los Oblatos y los Amigos de los Monasterios”, editado en los años 30 y reeditado por las Ediciones de Fontenelle en 1982.

El Padre Simon comenta con gran erudición y gran sentido común toda la Regla y nos la hace comprender mejor para mejor vivirla. Que todos puedan encontrar esta Regla que es, según Bossuet, “un misterioso resumen del Evangelio”, una preciosa ayuda para restaurarlo todo en Cristo, como lo quiso San Pio X.

Hno. Tomás de Aquino OSB.

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